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domingo, 6 de junio de 2010

Ayaan Hirsi Alí, una musulmán crítica con el Islam

He de reconocer que me da hasta cierto medio escribir lo que voy escribir, pero ello solo me provoca a escribir con más firmeza. Estoy cansado desde hace mucho tiempo de los buenismos de Occidente, de la cosa esa tan palurda que es ser políticamente correcto. Estoy harto de que cada vez que doy una opinión cultural se me pueda tachar de tal cosa o tal otra, sin posibilidad de replica. Estoy deseoso de decirle a los relativistas que no, que están equivocados, que salgan de su burbuja utópica porque el multiculturalismo jamás será un pluriculturalismo. Se quedará en una amalgama de culturas diferentes pero totalmente incompatible. Pero en Europa estamos alelados, tenemos complejo de firmeza por miedo a que enseguida nos tachen de racistas, estamos subyugados al imperativo de ser sensibles de ceder, y de seguir cediendo. Pero no tenemos la valentía para reclamar lo mismo. ¿Cuántos favores tienen los católicos en países musulmanes? ¿Cuántos derechos tenemos en esos países? El resto del mundo reclama a Occidente, los propios inmigrantes reclaman una y otra vez a Occidente, y Occidente les obedece, pero siguen reclamando. El estado de derecho es así, pero se está convirtiendo esto en un estado de provecho.
He mencionado a países musulmanes como podía haber nombrado otros tantos, pero es que ahora quiero hablar de una persona con la que me identifico al 100%, con una persona que como yo cree que es más importante la libertad individual que cualquier persona, religión o institución que se permita someterla. Una luchadora de los derechos humanos y sobre todo de los derechos de la mujer en el mundo islámico: Ayaan Hirsi Alí.

Mujer. Negra. Musulmana. Ayaan Hirsi Alí resume así su vida: “Me crié en África. Vine a Europa en 1992, a la edad de 22 años, y fui elegida diputada por el Parlamento holandés. Aprendí a hablar y a enfadarme. Hice una película con Theo van Gogh, le mataron, y ahora vivo con guardaespaldas y circulo en coches blindados”. Así resume su vida una mujer luchadora y soñadora que ha sabido enfrentarse estoicamente al fundamentalismo islámico, un enemigo violento y dogmático que ha conseguido someter muchas conciencias con el razonamiento del terror. Ella, afortunadamente, sigue con vida y su mensaje grita en la cabeza de millones de musulmanes que ven como su religión, otrora innovadora y moderna, quedó atascada en el siglo séptimo y reclaman una revisión de sus cimientos. Como hizo el catolicismo en la Ilustración, “el Islam necesita un Voltaire” afirma. Y es que en un mundo, el occidental, que se ancla en lo políticamente correcto, Ayaan Hirsi Alí dice verdades que duelen y realiza una gran crítica a los relativismos culturales, entendiendo inútiles los esfuerzos por aliar civilizaciones bajo los mismos valores. Para ella, paradójicamente, Occidente “es racista en su acepción más pura” dado que ignorar algunas religiones o culturas por miedo a salirse de lo “políticamente correcto” supone permitir el atraso y el sufrimiento de millones de personas, que no son plenamente libres, que se encuentran constantemente sometidas. Por ello Hirsi Alí, elegida en 2005 por la revista TIME como una de las 100 personas más influyentes del mundo, es una persona incómoda para las dos partes del conflicto: el dormido Occidente y los fanáticos islamistas. Cuando se le pide desde los sectores moderados de la media luna que no sea tajante en sus reivindicaciones y comprenda que los cambios, y más los culturales o religiosos, se producen poco a poco responde: “¿Fue eso lo que dijeron a los mineros del siglo XIX cuando luchaban por los derechos de los trabajadores?”.  Y cuando Europa le espeta que todas diferencias culturales han de ser respetadas salta: “¿Es cultura ser lapidada? ¿Son los derechos humanos, el progreso, los derechos de la mujer, ajenos al Islam o cualquier otra creencia?”.
Pero el caso de Hirsi Alí es curioso y sensato, porque seguramente si estos planteamientos viniesen de un occidental, ajeno a otras experiencias culturales, éste habría sido tachado inmediatamente de xenófobo. Pero ella no lo es, porque ella estuvo en ese lado, en el del férreo fanatismo musulmán, lo sufrió y lo disfrutó, llegó a desear morir por la fe, pero terminó cambiando de opinión. 
Hirsi Alí nació en Somalia, en el seno de una familia pudiente. Su padre era un oponente del dictador Siad Barre. Y a pesar de que su padre se oponía a que se le practicase la ablación, macabra tradición en su país, su abuela le sometió a esa mutilación del kintir a escondidas cuando ella tenía 5 años. Tras el estallido de la guerra civil en su país huyó con su familia a Kenia, pasando por Arabia Saudí y Etiopía. En Nairobi estudió en una escuela fundamentalista islámica, vistió con los códigos del hiyab y anheló ser mártir del Islam.
Hasta entonces Hiris Alí no había podido elegir su futuro y estaba constantemente sometida a las voluntades de otros. Así las cosas en 1992 su padre acordó el matrimonio de la joven con un primo lejano que residía en Canadá, pero al llegar a Berlín para hacer el trasbordo rumbo a Canadá, decidió cambiar de planes y tomar el tren hacia Holanda. “El destino tomó esa decisión por mí” asegura. 
En Holanda solicitó asilo político por razones humanitarias pero con un nombre falso. Se desempeñó en trabajos menores que le permitieron pagarse un master en Ciencias Políticas mientras intentaba ganar peso en el Partido Popular por la Libertad y Democracia, de ideología liberal conservadora. Pero en 2006 la ministra de Inmigración de Holanda, cuando ya Hiris Alí se había construido un nombre y era diputada en el Parlamento Holandés, le retiró la nacionalidad por falsificar documentos, obligándole a dimitir de su cargo. El eco nacional e internacional hizo recapacitar al gobierno holandés, quien le devolvió la nacionalidad, pero para entonces Hiris Alí había renunciado de la política, emprendiendo rumbo a Estados Unidos.
En 2004 vivió un siniestro momento. Escribió el guión del cortometraje Submission (sumisón) de Theo van Gogh sobre la violencia contra la mujer en las sociedades islámicas, despertando un tremendo revuelo entre la comunidad musulmana. Unas semanas después el director Theo van Gogh fue asesinado en pleno Ámsterdam con una carta clavada al pecho con un cuchillo que iba dirigida expresamente a Hiris Alí y estaba firmada “en nombre de Dios”. 
Desde entonces esta firme activista de los Derechos Humanos, y especialmente de los derechos de la mujer en el Islam, vive oculta, con miedo y escoltada permanentemente. Pero ella no se retracta ni desiste. Seguirá luchando contra el fundamentalismo por la libertad de cada individuo, sin que nada ni nadie pueda someterle. Seguirá gritando sin que nada ni nadie pueda callarle. Y si la obligaran a callar, su grito ya es eterno y su eco constante.

En conclusión, no estoy criticando a nada ni nadie como concepto general, critico que algo que se ha asumido como bueno e indispensable como son los Derechos Humanos no se respetan en ciertos países o en determinadas culturales, y yo creo que nada puede estar por encima de la libertad individual, ni tan siquiera el miedo y la amenaza. ¿Por qué algunos sectores islámicos no pueden permitir que se diga ni una sola palabra en referencia a como tienen estructurada su fe? ¿Por qué la respuesta tiene que ser a menudo violenta? ¿Acaso no surgió el Islam como una religión de paz y concordia entre hermanos? ¿Donde está entonces en esas sociedades el derecho a la libertad de conciencia y de expresión, por ejemplo? ¿Por qué Occidente tiene que estar constantemente cediendo sin ver respuesta alguna por parte del mundo árabe? En el fondo quiero convencerme de la postura de los relativistas y de los pluriculturalistas, como nuestro ingenuo presidente Zapatero cuando impulsó la Alianza de Civilizaciones, pero ¿acaso no se pactó ya en 1948 una serie de derechos que se consideran fundamentales y buenos? ¿y si estos no se cumplen, no tendría Occidente capacidad del actuar?

viernes, 7 de mayo de 2010

Caso del velo islámico

... Reconozco que el tema que voy a abordar ahora me rebosa en cierta manera, no se como posicionarme, sinceramente. Será cosa de la juventud, las opiniones aún no están bien formadas... o tal vez sea que el caso es tan novedoso que tengo que hacer una lucha interna conmigo mismo para ver qué mentalidad acepto.

La cuestión es que hace unos días hubo un tenso debate social alrededor de un caso de una joven menor de edad, española, que acudía a clase en un colegio de Pozuelo de Alarcón con el velo islámico. Las normas del colegio son que ningún alumno puede estar en clase con nada que le cubra la cabeza o el rostro, véase gorra, palestina hasta la nariz, pamela o boina.

La niña, musulmana de origen marroquí, se negó a obedecer la norma porque afrenta a sus convicciones religiosas... ¿la niña? ¿o tal vez, como creo yo, se utilizó ese hecho para que la sociedad islámica disputase un nuevo pulso a España? Lo cierto es que la niña sufrió mucho, como reconocían sus amigas, mientras su padre se propagaba por los medios gritando "¡Escándalo! No hay libertad de creencia". Y a la par las mezquitas madrileñas eran un hervidero de indignación. 

Me pongo a reflexionar y me cuesta valorar una opinión. Sobre todo me ha confundido más el hecho de intentar extrapolar este caso para aislarlo del contexto islámico, por si influyeran en mí algunos prejuicios.

Por un lado yo, como persona católica, pido que se me respete a mi y a mis tradiciones. Y desde esa posición veo que la gente que sigue la doctrina islámica, la mayoría de ellos muy respetuosos con su religión (lástima que algunos se excedan en su interpretación), tenga derecho a seguir sus tradiciones de culto en España siempre y cuando se limiten a la libertad individual. Desde esta óptica pues pienso que se debería permitir que en cualquier espacio una persona pudiera adoptar decisiones individuales siempre y cuando no sean demasiado radicales. Es decir, jamás permitiría que en cualquier espacio, público o privado, una mujer tuviera que soportar llevar burka, por mucho que ellas luego defiendan que lo hacen por convicción y en libertad. Es denigrante y hay que abolirlo. O tampoco permitiría que fuera a clase un chico que se pone chinchetas en la cabeza, porque atenta contra su propia salud.

No obstante ¿hasta qué punto hay libertad individual en el hecho de que una niña de secundaria lleve velo, y no es una consideración impuesta por sus padres o entorno? 

Desde esta óptica considero mi opinión final. Dejemos libertades individuales, pero limitémosla. Especialemente los menores de edad, pero todo el mundo en general, debe regirse por las normas sociales que construyen la Sociedad. Si esta chica quiere realmente llevar velo, que lo lleve, pero en clase se lo quita si esas son las normas establecidas. No se está menospreciando su religión, se está aplicando una norma, ni más ni menos.

Para evolucionar como sociedad se han tenido que hacer concesiones, y una de los factores que ha sido siempre más restrictivo para el hombre (entiéndase como hombre/mujer) ha sido la religión. No en sí la religión, doctrina de incuestionable valor, sino la interpretación y sobre todo la sumisión a ella. 
La religión debe ser para mi un espíritu de libertad de conciencia por el que cada individuo tiene la libertad de alcanzar por él mismo al Dios que busca. Todo lo demás, lo que se impone, lo que se obliga, debe desaparecer.
En Occidente, hace pocos años, la religión seguía dominando a los hombres, pero el cambio llegó cuando alguien se negó, y se completó cuando la gente empezó a reirse de Dios. Se quitaron los crucifijos de las escuelas, las mujeres no tenían que llevar más velo (recuerdo que también ha existido el velo católico, nuestras abuelas lo llevaban), y la sociedad abrió la mente hacia una libertad real e individual que es el gran logro del siglo XX.

En el año 2010, al menos en España, la sociedad ha vencido a la religión, pero no debe considerarse la religión católica exclusivamente. No seamos buenistas, ninguna religión puede ahora reivindicarse por encima de la ley o la costumbre social en España. Por ello creo creer que mi posición es que no hay que hacer concesiones a las religiones, ni al Islam ni a ninguna, si es un estado laico el que se promueve me parece bien, pero que no se convierta esto en una venganza histórica contra la Iglesia católica y se esté dando manga ancha a otras confesiones. Las normas se han establecido, se cumplen y punto. 

La religión es un sentimiento y una devoción perfectamente asumible en lo privado, en lo íntimo. Y no solo eso, sino que entendiendo la religión así quienes realmente creen tienen un valor añadido, porque lo hace auténtico, y no se limita a un dejarse-llevar por la costumbre general o someterse a. 
Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios.